Había una vez un rey llamado Lino que cierto día se enamoró de una ninfa llamada Acriasta. Pero esta, aturdida por todo el lujo y las pretensiones reales, decide escapar. El monarca, entonces, juró vengarse quitándole todo aquello que ella mas amara. Así fue como Lino decidió consultar al oráculo:
-¡A todos los dioses del Olimpo!- gritó al cielo-Necesito su respuesta: ¿Qué es lo que Acriasta más ama?-
El oráculo le responde con un enigma: lo que ella más ama es algo verdoso, con cinco ramificaciones, que implica su salvación.
El rey, convencido de que se trataba del bosque, ordena su inmediata desaparición. Pero Hera, conociendo las intenciones de Lino decidió involucrarse en el asunto.
Acriasta tuvo un hijo al que llamó Verisón. Cierto día, Acriasta, advirtió alarmada, que había varios hombres cuya intención era hacer desaparecer el bosque, su hogar. Los hombres empezaron por dañar un árbol, luego dos, y continuaban cuando Acriasta tomó una decisión drástica. Tomó a su pequeño hijo en brazos y dijo:
-Hijo, yo debo partir. No puedo dejar que estos hombres me encuentren. Pero no tengo el valor para separarte de tu hogar. ¡¿Qué haremos?!-
Entonces Hera, conmovida por la situación, decidió ayudar a Acriasta.
-Es cierto que debes huir. Pero no olvides nunca a tu hijo. Él será tu salvación. Él permitirá que tú regreses al bosque. El niño, con sus manos, será capaz de sanar los árboles, de revertir los estragos que Lino está causando en el bosque por venganza.-
La diosa tocó las manos de Verisón y se vuelven de un oscuro tono verdoso. La ninfa contenta exclama: -¡Oh! Querido hijo… Tú eres mi salvación. Desde ahora estarás bajo el cuidado de las delicadas manos de una de las diosas del Olimpo. –Acriasta besó las manos de su niño y huyó corriendo.
Pasaron los años, y el bosque era cada vez más pequeño. Verisón pronto creció y comenzó a sentirse curioso acerca de la ciudad. Entonces, hacia allí se dirigió, instalándose en una humilde cabaña. Sus extrañas manos impresionaban a sus pares, pero pronto hizo amigos. Allí, era más feliz que nunca.
Un día, mientras Verisón caminaba, un hombre cayó de un árbol. Su herida era grande y el hombre daba gritos de profundo dolor. Entonces, Verisón se acercó y cubrió su herida con la mano mientras improvisaba una venda con su ropa. Cuando terminó la venda y quitó su mano, quedo estupefacto. ¡La herida había desaparecido! Entonces el hombre exclamó:
-Tú, hombre de las manos sanadoras, ¿cuál es tu nombre?-
A lo que Verisón contestó: -Mi nombre es Verisón-
-¡Oh, gran Verisón! ¡Gracias a los dioses! ¡Eres un héroe!- Verisón se sentía orgulloso, a la vez que se sentía confundido por los hechos. El hombre continuó.
-Desde ahora vivirás conmigo, en mi palacio. ¡Desde ahora seré inmortal! ¡Ni los mismos dioses podrán superarme!- Pues el hombre era Lino y lo que dijo se cumplió.
Los dioses, como es de esperarse, se enfadaron y se vengaron del rey, pues no tolerarían semejante atropello y desafío a su autoridad. Provocaron, entonces, que Lino perdiera su tan preciada juventud. Cierto día al despertar, notó con cierto horror que se veía como una persona anciana. Pero no se preocupó. Sabía que su héroe sanador, pues todos así lo consideraban, estaría allí para solucionarlo todo. Pero no fue así. Durante la noche, Verisón había escapado, igual que su madre, también cansado de las pretensiones de la realeza. Así fue como el rey recuperó nuevamente su sed de venganza.
Verisón corrió por el bosque sintiéndose libre otra vez, hasta que notó que había varios árboles con varias heridas, tan grandes como las del rey. Entonces, sin saber que fueron causadas por el rey, apoyó sus manos sobre uno de ellos y sanó. Pero esta vez de una manera diferente. Al remover su mano, había dejado sobre la corteza de la planta un parche verdoso, húmedo que cubría la herida. Así surgieron los musgos y líquenes que hoy cubren la mayoría de los árboles. Así fue como aquel joven niño con manos sanadoras, recuperó el bosque y permitió que su madre regrese al bosque, tal como dijo el oráculo.
Pero la historia no termina allí. El rey, furioso, ordena que se le traiga al menos una mano del joven. Los soldados fueron al bosque y se la llevaron al rey. Cuando el monarca la acercó a su rostro, en la mano crecieron espinas. El rey gritó de dolor y tiró la mano por la ventana. Esta se arraigó al suelo y cubrió todo el bello jardín del palacio, dando origen a los actuales cardos. Ni los sirvientes, los cocineros, los discípulos, ni el mismo rey, pudieron volver a salir del palacio, por lo que el soberano murió allí encerrado.
Verisón era feliz otra vez. Aunque ya no era un héroe para las personas del pueblo, lo era para los dioses y su hogar, el bosque, que se lo agradeció eternamente.